Redescubrir París en un día

Crystal Jiménez Vicens residió durante casi una década en la capital francesa, pero en un viaje reciente a la ciudad la redescubrió como turista. Aquí nos detalla sus visitas favoritas.

Durante ocho años, tres como estudiante y cinco trabajando para la casa de moda Chloé, París fue mi casa. Tras cinco mudanzas de apartamento en ese tiempo, cada uno en diferentes distritos de la ciudad, pude conocer de cerca y de memoria los callejoncitos y recovecos que me rodeaban. Hace unas semanas estuve de vuelta en la ciudad con mi esposo, y junto a él redescubrí esos caminos que me llevaron a mis lugares favoritos en la ciudad, y a la vez agregué nuevos espacios a mi lista. En un día de recorridos a pie confirme que París, como residente o como turista, sigue siento infinita. Aquí les paso mis recomendaciones para, entre sol y sol, hacer una promenade de postal.

 

POR: Crystal Jiménez Vicens

 

[9:00 A.M. – DESAYUNO DE FLORE]
El día puede iniciar en el Café de Flore, en Saint-Germain-des-Prés. Esta institución del distrito VI data de la década de 1880, y su menú conserva los platos tradicionales del desayuno francés —yo casi siempre elijo un chocolate caliente con un croissant o un croque-madame—. El café queda al lado del kiosco mejor equipado de todo París, con periódicos y revistas provenientes de todo el mundo, así que lo ideal es primero comprar allí material de lectura y luego sentarse en la terracita del Flore para ver cómo van abriendo las tiendas, casi como si la calle se estuviese despertando.

[10:00 A.M. – PUERTAS HACIA OTRAS ERAS]
Ya a las 10 la ciudad está despierta, así que aprovechamos para, desde Café de Flore, tomar la mano izquierda y pasar por la iglesia de St. Germain que está justo al lado; de ahí puede uno tomar la callecita Bonaparte o la Mazarine, que terminan desembocando en el Quai. Esas calles están repletas de tiendecitas de antigüedades y de libros viejos, y es lindo pasear por ellas y husmear hacia el pasado.

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[11:00 A.M. – UN DÉJEUNER EN ORSAY]
Es lógico, por miedo a las colas, saltarse un museo si se tiene poco tiempo para visitar una ciudad; sin embargo, comprando la boleta en línea por adelantado se evita ese percance. Yo había reservado mis cupos en el sitio web del Museo de Orsay para visitar la colección permanente y la exposición vigente, una recopilación llamada Splendeurs et misères que presentaba la historia de la prostitución a través del arte pictórico. Hacia la segunda mitad del siglo XIX el posar para retratos era mal visto entre la clase alta francesa, así que muchos artistas optaron por utilizar a las “femmes de la rue” o mujeres de la calle, una parte de ellas madres obligadas a llevar una doble vida por la necesidad económica. Ahí se encontraba el cuadro L’Absinthe, de Edgar Degas, que ilustra una de las señales que se daban entre la prostituta y el cliente potencial para indicar disponibilidad sin violar la discreción: un vasito de la bebida verde sobre la mesa.

Luego, dentro de la colección permanente, pasé a visitar una de mis piezas favoritas: Le déjeuner, de Claude Monet. ¡Me encanta ir a visitarlo cada vez que paso por el museo!

[1:00 P.M. – UN DÉJEUNER 20/20]
Un dato importante sobre los restaurantes en París: los típicos bistros locales, esos donde no se ve ni un turista, cierran entre 2:30 y 3:00 de la tarde, así que es importante aprovechar la hora de almuerzo adecuadamente. Por eso, a la una de la tarde pasé por una de mis cantinas favoritas cuando vivía allá, ubicada cerca de la calle Saint-Dominique: Le Vin de Bellechasse. El nombre es en realidad un juego de palabras: significa “el vino de Bellechasse”, pero también suena a “el veinte de Bellechasse”, pues esta es justamente la dirección del lugar. El Vin no es elegante, sino tradicional, y la pizarra anuncia pescados, carnes y platos de antaño —por ejemplo, yo esta vez comí un cassoulet de champiñones un un buen baguette—.

[2:30 P.M. – AL FONDO A LA DERECHA]
Del Vin caminamos de vuelta al Orsay y cruzamos de la orilla izquierda a la orilla derecha del Sena a través del puentecito que da directo a la puerta del Jardin des Tuileries, la Passerelle Solférino —donde, por cierto, están colocando todos los candados de amor que ya no se permiten colocar en el Pont des Arts—. Ahí puede uno caminar, sentarse en los banquillos a ver la gente pasar, ver el Louvre de un lado o la Place de la Concorde de otro, y tomar un cafecito en uno de los puestos ambulantes disponibles.

[3:30 P.M. – LAS COLUMNAS DE LA MEMORIA]
Cruzando el Jardin des Tuileries se llega a la calle Rivoli, y tomando una derecha se arriba a la calle Pyramides, que lleva directo al Jardin du Palais Royal. Ahí están, desde 1986, las Columnas de Buren, una instalación de tres mil metros cuadrados que forma parte de mi memoria con la ciudad: de niña mi tía me llevó con mi hermana a visitarlas, porque en ese entonces era una novedad, y recuerdo haberme pasado un buen tiempo saltando sobre ellas, pensando que estaba dentro de un laberinto salido de Alicia en el País de las Maravillas. Hace unos años volví a visitarlas con mi hermana, ya de adultas, y en esta ocasión llevé a mi esposo, que no las conocía. Él quedó encantado, pues era una versión de jardín muy diferente a la acostumbrada… y digamos que se volvió loco con la GoPro, al igual que muchos de los adultos que estábamos esa tarde ahí disfrutando como niños.

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[4:30 P.M. – SALUT, COLETTE!]
Nos devolvimos por Pyramides para tomar la calle Saint-Honoré, y a unas tres cuadras se encuentra Colette, una tienda chulísima que me encanta visitar. Raras veces termino comprando algo, porque siento que más que nada es un museo de la moda, donde uno va a inspirarse: hay libros poco convencionales, tipo “expresiones de los parisinos”, aparatitos electrónicos extraños y una sala dedicada a la exposición de un artista emergente. Esta tienda se dio a conocer por apelar a los cinco sentidos, y por eso incluye velas, moda, cosméticos, arte, música y un barcito. Del Water Bar, donde literalmente tomamos agua, partimos para seguir nuestro recorrido.

[5:30 P.M. – ARRIBA DE LOS TECHITOS GRISES, ABAJO DE LA TORRE]
Yo estaba obsesionada con montarme en la Rueda de la Concorde para poder ver el atardecer parisino desde ahí, y hacer una foto de todos los techitos grises tocados por el sol. Por eso, caminamos la Saint-Honoré, giramos a la izquierda en la Royale y llegamos a Concorde, para hacer la foto sobre la rueda. Al bajar, tomamos el Quai en la orilla derecha, del lado de Champs-Élysées, hasta llegar al Pont Alexandre III —el de los ángeles dorados— para probar las crepas de un puestito móvil. Comer crepas en París es una indulgencia necesaria, y este lugar es fantástico: parados en el puente mientras bajaba el sol, yo me comí uno de limón con azúcar, y mi esposo Mariano uno de Nutella.

De ahí cruzamos en Pont de L’Alma hacia la orilla izquierda, en dirección al Museo del Quai Branly. A unos pasos de ahí está uno literalmente en las patas de la Torre Eiffel. ¡Foto!

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[7:00 P.M. – MAMMA MIA, OBER MAMMA!]
Cuando vivía en París, a pocos días de volver definitivamente a República Dominicana serví de guía para un amigo dominicano que se estaba estableciendo allá, pasándole los datos sobre todos los lugares de moda. En esta ocasión, él me devolvió el favor: me recomendó efusivamente Ober Mamma, un restaurante donde el staff y los platos son exclusivamente italianos —para colmo, dos amigos más nos habían recomendado el sitio con igual emoción—.

Dado que tienen un sistema de turnos, llegamos a las siete de la noche para sentarnos en el bar a esperar la entrada, tomando unos cócteles espectaculares con un plato de prosciutto, olivas y parmesano. Al llegar a nuestra mesa probamos de entrada unos arancini sicilianos riquísimos, una burrata y un prosciutto llamado culatello, que muchos dicen es la joya de Parma. Mi plato fuerte fue una pasta al tartufo, mientras que Mariano prefirió unos rigatoni con salchicha picante y brócoli… ¡Y cual de los dos mejores! Vamos a decirlo de otra manera: a pesar de ser una ciudad tan grande, en esta visita de 10 días tuvimos que repetir en Ober Mamma.

Y quizá, muy a la usanza dominicana, se hayan preocupado un poco por el hecho de no poder hacer un cambio de ropa en todo el día. Aquí entonces les dejo con una de las mejores lecciones que aprendí sobre la moda parisina: la gente en la capital francesa no se preocupa por volver a cambiarse para una cena o una salida nocturna, porque todo es muy casual y el clima ayuda. Por eso han perfeccionado esa estética de los jeans con tacones, el pelo despeinado y el maquillaje ligero. En otras palabras: si a París fueres, intenta que tu ropa haga lo que vieres. À bientôt!

Fotos: Cortesía de Crystal Jiménez Vicens

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