Praga con sabor a pilsner

De cómo Sarina y Ricardo, dos de nuestros clientes, fueron a Praga por cerveza y salieron con cidra –o de cómo nuestras expectativas cambian cuando viajamos–.

Nuestra clienta Sarina Ortiz y su esposo Ricardo, ambos profesionales del área de las bebidas alcohólicas, visitaron la República Checa con un objetivo en mente: satisfacer la curiosidad de ver cómo vive el país con el mayor consumo de cerveza per cápita en todo el mundo. Dos días y muchos litros de pilsner después, el mejor de sus recuerdos de esa visita a Praga no necesariamente viene de una cerveza rubia, sino de una cidra tomada en compañía de una rubia. 

POR: Sarina Ortiz

 

Mi esposo y yo trabajamos en el mundo de las bebidas alcohólicas –él en cervezas y yo en ron–, así que nos hacía muchísima ilusión visitar la nación con el mayor consumo per cápita de cerveza en el mundo: la República Checa. Para un país como el nuestro, donde la variedad pilsner es tan popular, fue un placer tanto sensorial como profesional el probar la Urquell, la primera de su tipo en la historia.

Ahora, yo creía que la cerveza formaba parte de nuestra cotidianidad quisqueyana, pero los checos lo llevan a otro nivel: en Praga los precios de la presentación regular –de medio litro– no superan en promedio el equivalente a 100 pesos, y están disponibles, en impresionante variedad de marcas y de altísima calidad, en cualquier chiringuito de la ciudad. El que la cerveza fluya tan libre como el agua es importante, dada la comida checa: es una gastronomía con mucha herencia alemana, y por tanto muy pesada. Imagínense: es todo carne, carne, carne, salsas, sauerkraut, salchichas, carne, carne y más salsa, con pocos vegetales a la vista. Por eso, el tener una cerveza tan ligera como la pilsner disponible en todos lados es una bendición para el maridaje.

 

Durante nuestro primer día de visita, Ricardo y yo nos la pasamos probando currywurst y demás inventos cárnicos, y con pena, porque teníamos el tiempo contado, teníamos que dejar las botellas de cerveza en los restaurantes a medio terminar, para no salir con ellas a la calle y romper alguna ley. Afortunadamente, el segundo día escuchamos unas palabras hermosas, en boca de nuestra fantástica guía local, Lenka: “Acá en la República Checa es totalmente legal consumir alcohol en la calle”. Santo remedio: al descender del Prazky Hrad a pie, ubicamos un chiringuito en un parque y brindamos con ella para celebrar el descubrimiento… aunque no necesariamente con una pilsner, sino con una Kingswood, una cidra local hecha específicamente con el paladar checo en mente.

 

Irónico para nosotros, que fuimos a Praga con la pilsner en la cabeza: uno de nuestros recuerdos más interesantes de la ciudad no vino de una cerveza rubia… sino de una cidra tomada en compañía de una rubia. Pero después de todo, ¿viajar no es ver cómo te cambian las expectativas sobre un lugar y sobre ti mismo?

 

Foto: Cortesía de Sarina Ortiz

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