Un verano familiar en Maine

Pesca, kayak en el lago y barbacoas a la intemperie: nuestra vicepresidenta pasó unos días con su familia en una localidad rural de Nueva Inglaterra

POR: Ana Santelises de Latour

Este verano en mi familia aprovechamos un viaje a Nueva Inglaterra, en Estados Unidos —lean aquí mis recomendaciones de restaurantes en Boston—, para hacer una pausa medio rural.

En resumen: mi esposo, mi hijo de ocho años, mi hija de seis y yo duramos cuatro días en Maine rodeados de la naturaleza, desconectados del mundo y metidos en un lago. ¿Cuáles fueron nuestros recuerdos favoritos? Aquí va el top cinco.

[1] Nuestra cabaña en Bridgton

El resort Tarry A While no es un “resort” tal cual lo conocemos los dominicanos: es un conjunto de unas 10 cabañas de madera con amenidades básicas: habitaciones con sus baños, nevera, fregadero, microondas, tostadora, lavadora y secadora… y una barbacoa con gas en el exterior y otra para cocinar con carbón o leña. Aparte de la gran cantidad de área verde, el complejo también tiene una cancha de tenis y espacios para jugar otros deportes como badminton y cricket.

Ahí nos quedamos cuatro noches, y poco a poco nos dimos cuenta de lo estratégica de su ubicación en Bridgton: a 10 minutos teníamos un supermercado grandísimo cerca, donde comprábamos carne, pescado y maíz dulce todos los días para cocinar a la barbacoa. Pero lo mejor era lo cerca que nos quedaba nuestra base principal: el lago Highland.

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[2] La “piscina” natural

Todas las tardes, mi hija me decía: “¿Vamos a la piscina?”. En su mente caribeña eso era el lago Highland, una masa de agua de unos seis kilómetros de longitud. Entre todos los lagos en la zona, escogimos este tras una investigación previa, pues nos parecía el más tranquilo: el punto que elegimos para visitar a diario queda en una ensenada, bien resguardado, y forma parte del territorio del resort.

Aparte, Tarry A While tiene disponibles kayaks, canoas y paddleboards de cortesía —y los niños aprovecharon todo eso con gusto—. Al ser un lago, se sentían protegidos, y por lo tanto libres. También compramos unas cañas para pescar y nos pasábamos largas horas tumbados en las sillas de la “playita”. Como la temperatura estaba riquísima a mediados del verano, a unos 25 grados, los niños se la pasaban dentro del agua sin problemas.

Otro día, con nuestra fiebre de pesca, alquilamos un botecito en lago Sebago, donde comúnmente se atrapa salmón. Ahí nos pasamos unas cuatro horas felices pescando, para luego volver a “nuestro” laguito.




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[3] Excursionismo a prueba de niños

En Maine se hace mucho excursionismo en las montañas, y antes de llegar estuve averiguando sobre algún sendero de un máximo de dos kilómetros de distancia ida y vuelta, para que los niños pudieran hacerlo.

Así di con Jockey Cap, en Fryeburg, que se eleva a unos 60 metros sobre el valle en su punto más alto. Luego de subir llegamos a una explanada en el tope con una vista a 360 grados. Ahí nos sentamos, nos comimos unos sandwiches que habíamos ordenado para llevar en Beth’s Kitchen Café —un sitio que recomiendo para desayunar y para probar los rollos de langosta— y disfrutamos de la vista de las Montañas Blancas.

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[4] Los smores a la noche

De noche en nuestra cabaña en Tarry A While hacíamos fogatas donde hacíamos smores para los niños —compramos los ingredientes en el supermercado cercano—. Ellos felices, porque la temperatura no bajaba de los 18 grados y podían estar a la intemperie sin problemas, con suéteres y chaquetas. Al final, lo único “raro” que nos salió durante toda nuestra estadía en la cabaña fue un ciervo curioso, que dio media vuelta tan pronto percibió el movimiento.

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[5] Volver a la niñez

Conozco la zona de Maine bien porque, de pequeña, pasaba mis veranos en un campamento de verano cercano, el Wyonegonic Camps. En la versión masculina del campamento, el Winona Camps, estuvieron mis hermanos, y quise llevar a mi hijo a visitarlo para ver si le interesaba para el año entrante. Para no cansar el cuento: mi hijo quedó fascinado con las opciones de senderismo, canoa, arco y flecha, básquetbol y fútbol, y está loco por ir el verano de 2018.

Sin embargo, mi momento favorito de esta visita fue cuando visitamos el Wyonegonic y ahí, en la cabina ocho, pude ver que todavía estaba la firma que yo misma había dejado en 1993, mi segundo año de visita. ¡Qué flashback!


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En fin, esta experiencia rural en la costa este es algo muy diferente a lo que estamos acostumbrados en República Dominicana, y algo que los niños aprecian mucho. Si les interesa planificar una estadía similar el año entrante, o quieren conocer más sobre la experiencia del campamento, ¡contáctenme aquí en Viajes Alkasa! Con gusto podemos armarles un itinerario similar.

CÓMO LLEGAR

La mejor forma es volar a Boston, y de ahí pueden alquilar un vehículo y tomar carretera hacia Maine —Bridgton queda a unas tres horas manejando—.

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