En el Baccarat Hotel New York

Nuestro cliente Maeno Gómez Casanova se hospedó en la sede hotelera de la marca de cristalería y quedó fascinado con lo que llamó un “showroom viviente”

POR: Maeno Gómez Casanova

En un mundo donde ya hay cadenas hoteleras de lujo establecidas, ¿qué hace una marca de cristalería con un hotel? Como relacionista público y mercadólogo, les puedo decir que Baccarat está haciendo algo muy acertado: con el hotel neoyorquino que tienen están convirtiendo la marca en un estilo de vida.

Pero miren que, antes de alojarme ahí, yo no conocía mucho sobre ese lado de la marca. Como iba a quedarme unos días en Nueva York, en Viajes Alkasa me recomendaron el establecimiento, porque saben que soy amante de la decoración bien conceptualizada. Este forma parte de su portafolio de hoteles de alta categoría, y gracias a su alianza con la red Signature pude recibir de forma gratuita un ascenso de categoría de habitación, check-in temprano y check-out tardío, un crédito en el spa y desayuno gratuito para dos todos los días.

Me di cuenta de que el hotel era un showroom viviente desde que hicimos el check-in: no fuimos a un counter, que no existe, sino que el conserje nos recibió en un gran salón gigante como con 10 mil espacios dónde sentarse relajado y nos sirvió una botella de champaña en copas Baccarat.

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Cuando terminamos, nos llevó a ver el spa y después el gimnasio —un sitio tan artillado que cuando fui a ejercitarme tuve que llamar a mi entrenador de Body Ignition para que me explicara qué yo iba a hacer con todas esas máquinas que nunca en mi vida había visto—.

Y finalmente, la habitación. Entrar es una experiencia en sí, porque la llave clásica no es la que abre la puerta… el sensor de apertura está en el llavero de piel. Así que la llave es el llavero y el llavero es la llave, del mismo modo y en sentido contrario.

Pues bien, la habitación era puro detalle: que si dos pantuflas a cada lado de la cama, que si los pisos de madera en el baño, que si un colchón que parecía que tenía un metro de espesor, que si la tarjetería, que si la televisión incrustada en una pared de espejos. Pero mi detalle favorito está en el minibar: ahí, en ese mueblecito, está una colección detallada de vasos y copas Baccarat, con un gráfico que indica cuál debe utilizarse según el trago. Les dije que era un showroom viviente.

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Hablando de copas, el café del desayuno se sirve en una copita. Todavía no supero ese detalle. Tampoco supero los brazos y las espaldas de las camareras, todas de punta en blanco con sus vestidos negros de tirante, sus medias panty, sus zapatos planos y sus molleros de quien tiene tres años haciendo crossfit. Ni tampoco supero la mesa auxiliar que te colocan al lado durante el desayuno para el servicio, todo tan prolijamente presentado. ¡Qué experiencia!

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¿Otra experiencia? Tomar un negroni, mi trago favorito, en el bar del hotel, rodeado de 700 mil tipos de candelabros Baccarat y una buena selección de gente con onda de la parte central de Manhattan. Para que vean: no por nada fue nombrado uno de los mejores bares de la ciudad por la revista Condé Nast Traveler.

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Por todo eso, el Baccarat Hotel New York no solo es un espacio para descansar, sino un lugar para ver y para ser visto… pero también para llevarse tres cuadernos llenos de notas sobre cómo aplicar todos esos toques decorativos Baccarat en la propia casa.

Fotos: Maeno Gómez Casanova y Baccarat Hotel New York

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